Desde
la cueva
Rodrigo Vargas:
Actualizar la tradición
Lidiette
Brenes
lbrenes@nacion.com

(Foto: Jorge Castillo/La Nación).
Se
procesa el café en un beneficio que carga en sus patios
94 años y se vende por Internet a los mercados más
refinados del mundo.
¡Caramba!
No es cualquier productor el que hace esa proeza, en tiempo
de crisis, cuando hoy se es millonario y mañana se
debe pedir plata para pagar a los peones.
Se necesitaron
tres generaciones para tener conocimiento pleno de la actividad,
y para ser capaces de llevar, de la semilla a la taza, un
café de primera categoría.
Así
opina Rodrigo Vargas Ruiz, gerente administrativo de la Beneficiadora
Santa Eduviges, quien no oculta su satisfacción por
lo que hizo la empresa.
Tampoco
niega el orgullo que le inspira su abuelo Clarindo, y su padre
Norman, los fundadores de la compañía.
El éxito
de ahora se debe a un proceso continuo de mejoramiento que
comenzó en 1930 con las dos hectáreas de café
iniciales que compró su abuelo.
Don Norman
adquirió más fincas y él les puso el
toque de actualidad para colocarlas en la era digital, con
todos los alcances que poseen los negocios de ahora.
Rodrigo
tiene 48 años de edad, los mismos que lleva oliendo
café. Por eso se hizo ingeniero agrónomo, porque
la tierra ya la traía en los genes y porque gateó
en un cafetal.
Todavía
se agacha con gran interés -como si fuera la primera
vez- para mostrar la semilla apenas germinada. Luego vahasta
las matas que están listas para el trasplante y camina
unos pasos para mostrar las que son adultas.
Todo allí
es de primera calidad, porque así lo requieren las
exigencias del mercado y las reglas básicas de supervivencia.
Aquel
productor que se queda haciendo lo mismo de hace décadas,
se muere, o por lo menos se le muere el cafetal.
Las variedades
que van al mercado tradicional son maltratadas por los malos
precios internacionales. Así es como el dueño
se desilusiona y abandona el cultivo, opinó Rodrigo.
También
es cuestión de familia leer el porvenir en los residuos,
no de la taza de té, como los chinos, sino de una de
café.
Su abuelo
pensó en romper con la cadena productiva existente,
en la que el productor le entregaba al beneficiador la cosecha,
y solo esperaba el pago. Don Clarindo decidió tener
su propio beneficio.
Su padre
Norman amplió el proceso y compró el beneficio
Doka, que fue establecido en 1824 y hoy, aunque todavía
utilizado, fue declarado patrimonio arquitectónico
nacional.
Rodrigo
evaluó las posibilidades y se dio cuenta de que, para
sortear las crisis, el café de alta calidad era el
arma. Además estudió a profundidad el mercado,
asistió a todas las conferencias mundiales y leyó
sobre el tema.
El resultado
de esas tres generaciones de emprendedores son cinco marcas
de café registradas, algunas de ellas, como el Doka
Premiun, famoso en el mundo, además de varios honores
internacionales para reconocer que el café se beneficia
allí donde se produce.
Rodrigo
se sube en un punto alto para mirar el verdor de las 1.400
hectáreas, en San Luis de Sabanilla de Alajuela, pertenecientes
a la familia que forman seis hermanos.
Se para
en el centro de sus pies, con las plantas bien apoyadas en
el suelo, con el talón firme, lo que implica que sus
antecesores son importantes, pero con la punta hacia el futuro,
con la confianza de que hijas y sobrinos seguirán adelante
con el proyecto. Los 4.300 trabajadores que emplean en tiempo
de recolección se lo agradecerán.
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